Tenía que escribir un
cuento. Uno de esos cuentos similares a tantos otros, que suceden en un momento
en la vida. Común y hasta gastado, puede que un poco aburrido y repetitivo. Una
de esas historias efímeras que uno escucha todos los días. Empecé como empiezan
todos los cuentos. Escribí: "Había una vez".
Sí. Había una vez un
hombre y una mujer. Mi cuento tenía que tener sus personajes principales que
tenían que conocerse en alguna parte del mundo. Me pareció que lo más corriente
era una de esas grandes ciudades como esta, como la de Buenos Aires.
Uno tiene dudas de si
había sido una vez o habían sido varias veces. Esta vez, fueron dos veces: la
primera, en la que se conocieron y pensaron que sería la última; y la segunda,
en la que se enamoraron y que hasta hoy es la última. El cuento planteaba así
un reencuentro en una primera cita.
La primera noche fría
de julio el restaurante en el que quisieron cenar estuvo cerrado y decidieron,
luego de una despedida que pretendía no despedirse, regresar cada uno por su
cuenta. Él volvería a su Europa natal, ella continuaría aprendiendo a
conquistar tandas de Darienzo. Habían dejado algo pendiente, tal vez...
Casi un año después,
la segunda noche, una estrellada de marzo, él volvía por trabajo a esta ciudad
y ella seguía teniendo el mismo número de celular. Él no dudó y llamó, ella no
dudó y aceptó.
¿Qué otra cosa más
obvia podrían hacer que reecontrarse en aquel restaurante para cenar juntos por
fin?
Comieron carne
argentina como él quería y postre italiano como a ella le gustaba. Bebieron
vino y brindaron porque la vida los había puesto frente a frente una vez más
para una primera cita. Hablaron de todo lo que querían hablar sin mentirse. No
sintieron la necesidad de ocultarse algo.
Fue la magia que sintieron
desde el primer momento en que se vieron, la de "si nos hubiéramos
conocido sólo un poco antes".
Ambos sabían que
había un vuelo que tomar, vidas que continuar; que sólo quedaba disfrutar
intensamente de aquel momento y guardar el recuerdo en algún lugar del alma. Lo
hermoso de ciertos momentos en la vida está en su transparente y corta
sinceridad y no en todo lo que pueda durar.
No se me ocurrió mejor cosa, que luego
del café, fuesen a bailar. Se habían conocido así la vez anterior: bailando
tango en una milonga de Palermo. Un año después, ella ya era una bailarina que
daba clases, él dueño de una empresa internacional que había crecido mucho.
Fueron a un lugar más informal en jeans y zapatillas. Bailaron, bebieron
cerveza de la botella y rieron mucho.
Decidieron ir a otro bar. Era predecible que él
la agarrara de la mano mientras cruzaban una avenida… y era aún más predecible
que, con mucha dulzura, bajo esa hermosa noche estrellada, él le diera un beso.
Un beso que llevaría a otro beso… y a otro… y por fin al hotel.
Las frases sobraban, la historia ya estaba
escrita. No había mucho más que pensar. Hicieron lo que todo hombre y toda
mujer que sienten atracción harían en un hotel. Hasta que se quedaron sin
tiempo. Ambos se sonrieron y volvieron a vestirse. El avión salía a las 7:30
a.m.
Este es del tipo de cuento que uno sabe que se
acaba cuando empieza. Es corto y es eterno. Corto porque termina y eterno
porque uno siempre lo recordará de alguna manera.
Buscaron un taxi y él la llevo a su casa. La
acompañó hasta la puerta y se dieron ese romántico beso de despedida, de esos
que suelen pasar sólo en las películas.
Ella no tenía mucho que decir; él no tenía
palabras.
-Buon viaggio! -le dijo ella y él volvió a subir
al taxi que lo llevaría de vuelta al hotel para hacer maletas.
Desde el principio, conocían el final. Ese final
esperado, que tenía que llegar antes del amanecer.
Ella miró el taxi alejarse: "Hasta
algún momento en la vida, en alguna parte del mundo… Quizás, hasta nunca;
quizás, hasta siempre...".
Entonces, una hermosa noche estrellada, empecé
escribir este cuento; mientras en algún momento en la vida, en alguna parte del
mundo, alguien terminaba de leerlo.

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