Entre líneas

"Entre líneas" es fruto de una convocatoria nacional  de la Fundación Cáthedra que reúne en concurso a escritores argentinos y extranjeros, que selecciona obra inéditas de los participantes. El libro es publicado al finalizar la selección de los materiales, con una edición limitada y los derechos pertenecen a la Fundación.

Dos de mis aportes a la convocatoria fueron seleccionados: el cuento "Un cuento más" y el poema "Los lirios", que compartimos a continuación.

Los lirios


Los lirios solían florecer para mí,
mientras él me cantaba una canción.
Era una canción que él escribía
pensando en mí.
Era una canción de amor,
un suspiro de atardecer.
A veces, atardecía;
a veces, ya era de día
y otras veces, la noche nos cubría.
Yo lo oía cantar
y también escribía un cuento.
Él me regalaba cuerdas de amor
y una melodía que se hacía canción.
Los pétalos de los lirios
también caían
y él creaba su canción de amor.
Yo escribía
y a veces, nacía una poesía.
No era un paraíso,
era nuestro paraíso.
Los lirios también eran mágicos.
Nunca vi la luna,
pero un ruiseñor nos oía.


La inspiración de un verso
es muy sencilla
y una canción de amor
surge de una poesía.
Los versos se perdían en los lirios
y él en su guitarra.
Nosotros éramos del olvido
y nuestra canción de amor
la oía nuestro paraíso.
Él era una canción de amor,
ella era una palabra.
Los lirios solían florecer para mí
mientras él cantaba una canción
y yo escribía un cuento
mientras nos oía el ruiseñor.




Un cuento más...



Tenía que escribir un cuento. Uno de esos cuentos similares a tantos otros, que suceden en un momento en la vida. Común y hasta gastado, puede que un poco aburrido y repetitivo. Una de esas historias efímeras que uno escucha todos los días. Empecé como empiezan todos los cuentos. Escribí: "Había una vez".
Sí. Había una vez un hombre y una mujer. Mi cuento tenía que tener sus personajes principales que tenían que conocerse en alguna parte del mundo. Me pareció que lo más corriente era una de esas grandes ciudades como esta, como la de Buenos Aires.
Uno tiene dudas de si había sido una vez o habían sido varias veces. Esta vez, fueron dos veces: la primera, en la que se conocieron y pensaron que sería la última; y la segunda, en la que se enamoraron y que hasta hoy es la última. El cuento planteaba así un reencuentro en una primera cita.
La primera noche fría de julio el restaurante en el que quisieron cenar estuvo cerrado y decidieron, luego de una despedida que pretendía no despedirse, regresar cada uno por su cuenta. Él volvería a su Europa natal, ella continuaría aprendiendo a conquistar tandas de Darienzo. Habían dejado algo pendiente, tal vez...
Casi un año después, la segunda noche, una estrellada de marzo, él volvía por trabajo a esta ciudad y ella seguía teniendo el mismo número de celular. Él no dudó y llamó, ella no dudó y aceptó.
¿Qué otra cosa más obvia podrían hacer que reecontrarse en aquel restaurante para cenar juntos por fin?
Comieron carne argentina como él quería y postre italiano como a ella le gustaba. Bebieron vino y brindaron porque la vida los había puesto frente a frente una vez más para una primera cita. Hablaron de todo lo que querían hablar sin mentirse. No sintieron la necesidad de ocultarse algo.
Fue la magia que sintieron desde el primer momento en que se vieron, la de "si nos hubiéramos conocido sólo un poco antes".
Ambos sabían que había un vuelo que tomar, vidas que continuar; que sólo quedaba disfrutar intensamente de aquel momento y guardar el recuerdo en algún lugar del alma. Lo hermoso de ciertos momentos en la vida está en su transparente y corta sinceridad y no en todo lo que pueda durar.

     No se me ocurrió mejor cosa, que luego del café, fuesen a bailar. Se habían conocido así la vez anterior: bailando tango en una milonga de Palermo. Un año después, ella ya era una bailarina que daba clases, él dueño de una empresa internacional que había crecido mucho. Fueron a un lugar más informal en jeans y zapatillas. Bailaron, bebieron cerveza de la botella y rieron mucho.

     Decidieron ir a otro bar. Era predecible que él la agarrara de la mano mientras cruzaban una avenida… y era aún más predecible que, con mucha dulzura, bajo esa hermosa noche estrellada, él le diera un beso. Un beso que llevaría a otro beso… y a otro… y por fin al hotel.
     Las frases sobraban, la historia ya estaba escrita. No había mucho más que pensar. Hicieron lo que todo hombre y toda mujer que sienten atracción harían en un hotel. Hasta que se quedaron sin tiempo. Ambos se sonrieron y volvieron a vestirse. El avión salía a las 7:30 a.m.
     Este es del tipo de cuento que uno sabe que se acaba cuando empieza. Es corto y es eterno. Corto porque termina y eterno porque uno siempre lo recordará de alguna manera.
     Buscaron un taxi y él la llevo a su casa. La acompañó hasta la puerta y se dieron ese romántico beso de despedida, de esos que suelen pasar sólo en las películas.
     Ella no tenía mucho que decir; él no tenía palabras.
     -Buon viaggio! -le dijo ella y él volvió a subir al taxi que lo llevaría de vuelta al hotel para hacer maletas.
     Desde el principio, conocían el final. Ese final esperado, que tenía que llegar antes del amanecer.
     Ella miró el taxi alejarse: "Hasta algún momento en la vida, en alguna parte del mundo… Quizás, hasta nunca; quizás, hasta siempre...". 
     Entonces, una hermosa noche estrellada, empecé escribir este cuento; mientras en algún momento en la vida, en alguna parte del mundo, alguien terminaba de leerlo.